Inexplicablemente y pese a las bajas temperaturas, la gente se resistía a quedarse en casa en noches como aquella.
Carteles luminosos aquí y allá marcaban la senda de parejas de todas las edades.
La luz de las farolas se bañaba con delicadeza en el Rin y muchas manos enámoradas se apretaban paseando por las orillas o cruzando los puentes.
Köln no era una ciudad para estar sólo.
Yo al menos tenía sus poemas. No eran un refugio como sus ojos, ni eran tan cálidos como su voz, pero la ausencia omnipresente era menos ausencia cuando al leer sus versos enlazaba esas palabras escritas con una especie de pasión templada que no dejaba de conmocionar mi alma por muchas noches que los leyera.
Para mi no era un amor frustrado, era más bien algo así como una espera impaciente que se apoyaba en una certeza sin fundamento de que algún día la conocería, a ella, y podría expresar casi sólo con una mirada complice el amor que se había ido fraguando lectura tras lectura.
Yo también daba esos paseos de enamorado, también cogido de la mano como los otros, con una salvedad, y es que entre mis dedos no sujetaba la mano de ella, sino un libro desgastado por el uso, donde ella tantas veces se había mostrado como era, tan vulnerable, tan pura.
Y volvía a casa suspirando, imaginando otras épocas, otras vidas, un amor concebido entre páginas, alimentado entre letras y que la razón se resistía a extinguir.
Entonces leía el nombre de la autora lentamente, como si fuera una invocación, como si fuera una caricia susurrada al oído, o un beso de buenas noches, o el primer beso, o el único beso posible.
Y es que lo que me separaba de ella, no era distancia, sino tiempo. Y quien sabe, tal vez hace ciento cincuenta años, cuando escribió esos versos, pensaba en mí, mientras andaba por estas mismas calles, mientras bañaba el reflejo de su rostro en este mismo río, en compañía de la ausencia...
Rhamnusia 2011
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